lunes, 23 de noviembre de 2009

EL OLOR DE LA FELICIDAD Lucia Vilches Un viejo sueño

Hoy abrí los ojos después de un sueño poco restaurador, inquieto y con prisa por ver amanecer, con algo de ansiedad, como esperando ingenuamente un milagro. La mañana está fría, acaba de caer una tormenta, algo muy cotidiano, sin embargo veo una tenue nubecilla cabalgando desordenadamente con la brisa ,que penetra en mi olfato y me transporta en el tiempo, o quizás me trae del pasado un día, una época, que creí perdida para siempre. Un humo dulce con olor a laurel, a hierbabuena, pino y canela, mezclado con otros evocadores perfumes del despertar de la vida, lápiz de madera de cedro y mina de carbón, de goma de borrar, pegamento y tiza, la primera rosa, la primera sensación sublime e indefinida. Ese conjunto de sentimientos llamados amor, tiene un nido, un templo en el alma, en el corazón. Un fuego perenne encendido con esa chispa, una única tea ardiente que se renueva cada día en cada gesto, en cada mueca, en cada mirada acompañada por una sonrisa amable y soñadora de la persona a la que amas y esperas la sorpresa del día a día lleno de luz, lleno de color, donde una silueta da paisaje al espacio, y da energía a la vida, belleza y voz. Sí, la vida te hace un regalo cada amanecer. Quizás un beso de un niñito, precioso fruto del árbol venerado de Dios, con olor a manzana, leche, pan caliente recién horneado, vino y miel.

Aun hoy en un mundo triste, áspero y egoísta, voy por las calles, grito y te nombro, hablo de ti a otros que como yo aún creen que el lápiz y el papel son los padres de las palabras de consuelo que penetran y quedan escritas a fuego en las tablas de la ley de los corazones. Que estamos conscientes que sobre la piel que reúne en una sola figura la arcilla de nuestros cuerpos, que contienen estas frágiles vidas, quedan tatuadas, esculpidas, las huellas, del amor y del desamor, que la pena no es más que un mal sueño y que el amor se llama eternidad.

Esos seres raros capaces de recuperar un día feliz, en las lunas llenas y en las lunas nuevas, cuartos crecientes y cuartos menguantes, en los días aciagos y en los días soleados, aman y se dejan amar. Acarician con sus manos los deseos alcanzables, acumulando sueños y acunando con sus brazos firmes y decididos esa gran humanidad divina del amor, no dejando pasar ni un solo minuto de felicidad. Reuniendo con la mirada toda la materia y con el corazón el fruto inquebrantable del espíritu del árbol eterno e imperecedero del amor.

2 comentarios:

sileva dijo...

Hermosas palabras, lucia, y hermosa forma la de tus cadenas de palabras , y tu cancion de esperanza

sileva dijo...

hermosas palabras.. me gusta tu estilo y tu mensaje que buscaesperanza