domingo, 14 de marzo de 2010

EL MUNDO ES UNA PRISIÓN Una pequeña historia de amor ( en tiempos revueltos) L.Vilches

La gran ciudad era una cárcel enormemente grande, desprovista de calor y amparo. Calles interminables reflejando el empedrado empapado por la lluvia en las llorosas pupilas que albergan una profunda tristeza y soledad, una soledad indescriptible, de una ausencia ilógica e inevitable .Una separación incoherente, sin sentido le dejó el corazón vacio y los pies sin rumbo, deambulando sin destino, sin meta por una ciudad que conocía como la palma de su mano, sin embargo ahora era inhóspita, fría, desconocida y rara. Sus pasos sobre el asfalto dejaban las huellas de unos zapatos de tacón inundados por la lluvia, su única aliada, desesperadamente triste, llorosa, mezclando las finas y persistentes gotas templadas de otoño con las lágrimas adolescentes de su alma solitaria. Evitando mecánicamente tropezar con la gente que totalmente ausente a su dolor invaden las calles y se paran hipnotizadas por los bellos e iluminados escaparates que ofrecen sus mercancías, para ella no eran más que viandantes sin rostro que seguramente arrastraban sus propias penas ,o conformistas resignados aceptando de la vida sin discusión las sorpresas indeseables del camino .La sensación de soledad era inundante y en ese momento el mundo le parecía que era muy grande, demasiado grande para elegir el cierto camino. ¿Qué haría ahora? sola sin él, a nadie le importaba ni siquiera su existencia, o por lo menos así lo creía ella. Volvería esa noche a su hogar, con su pena y con una sonrisa, que nadie sepa, que nadie sospeche de su vacio, su soledad y sus miedos. Es como si se le hubiera enredado una red en el corazón que le impidiera respirar. Tan solo hacía una hora y tras un abrazo de despedida él se subió a aquel barco, lleno de serpentinas, entre sonrisas y lágrimas de otros muchos que despedían a sus familiares. El buque era tan alto que apenas lo pudo ver para darle el último adiós mientras se iba alejando del puerto y poquito a poco se lo tragó la oscuridad del mar, aquella sombra le congeló el alma. En sus oídos resonaban sus últimas palabras, palabras de amor “volveré porque te quiero” Te esperaré siempre (le dijo ella), Siempre era mucho tiempo cuando no se sabía cuánto. No iba a hacer las Américas sino a una prisión por atreverse a pensar, a diferir y a ser pacífico hasta los límites de la desobediencia.
Pasaron los días, los meses y los años, con sus otoños e inviernos, duros fríos y desesperanzados. Pero cambiaron las leyes, murió el tirano y su cohorte, florecieron nuevas primaveras, volvieron los desterrados y brilló el sol. El regresó y ella le seguía esperando ¡La libertad tiene un precio!
No hay precio que pueda restablecer la privación de libertad a la que se sometió a más de 500 hombres jóvenes en España entre los años 1960 a1975, y hasta los ochenta. Algunos de ellos pasaron 12 irrecuperables y preciosos años de vida por sus convicciones religiosas y su conciencia cristiana con relación a aprender la guerra o participar en ella. Hay otros muchos que por no transigir de sus ideales compartieron la misma suerte, sufrieron una mutilación irreparable en sus vidas, pero casi nadie se acuerda de ello. Cuando la memoria muere, se pueden volver a cometer los mismos errores e injusticias.
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