jueves, 15 de septiembre de 2011

ENTRE CANTARES SIDRA Y VIOLIN, COMO UN PÁJARO AZUL (CUENTO)

Como un pájaro azul
Vamos por la calle empedrada, una calle peatonal de una bella ciudad de Asturias, donde se hermanan con indiferencia la elegancia de la clase media alta del corazón de la ciudad con el turismo sofisticado. El otro, el de autocar de pequeños rebaños de gente agrupados delante de las casas blasonadas, iglesias, museos o cualquier construcción con historia o digna de mención, dotados de guías turísticos, y también el de aquellos otros que salen de casa totalmente improvisando su siguiente parada, estos últimos, siempre jóvenes o haciendo alarde de serlo, que van con su mochila a la espalda, con un completo kit de supervivencia: un colchón de aire doblado, un pequeño saco de dormir, una mínima tienda de campaña, la documentación, buena salud, imaginación e improvisación, muy poco dinero y algunos, no pocos, en bicicleta.
Nos sentamos en una de las mesas oscuras de madera de una sidrería típica para degustar sidra fresca recién escanciada por poco dinero, mientras tanto te tomas un respiro del calor bajo la sombrilla del bar después de haber caminado todo el casco antiguo de la ciudad. Frente a nosotros, bajo los antiguos y pintorescos soportales y semi escondido por las columnas, la figura de un hombre que con sus dedos mágicos llena el aire de armonía y alegría, un violinista prodigioso, músico y bohemio, nos regala a cambio de unas monedas voluntarias su mágico repertorio, en el mejor auditorio, la calle, las notas diáfanas cadenciosas y libres recorren las calles como si tuvieran alas, como las aves que nos rodean, palomas y gaviotas completando el idílico paisaje. Inolvidable cuadro en la retina, entre el gris y rosado del empedrado mezclado con los colores chillones modernistas de algunas casas y el espléndido azul del cielo.
Nos han dicho que hay que ver unos jardines bellos no muy lejos de donde nos encontramos. Realmente es un magnífico parque, hoy patrimonio de la ciudad y no ha mucho, el paraíso cerrado, sitio de recreo de unos marqueses o duques ¡qué se yo¡ Vamos sin guía e interpretamos entre lo que vemos, oímos e imaginamos.
En el interior del parque y guardando un agradable desorden sobre el cuidado verde, una gran cantidad de árboles inmensos y otros raros de diversas especies, centenarios, bicentenarios o mas antiguos. Los habitantes más viejos de la ciudad son ciertamente estos árboles. Poco más o menos en el centro, nos encontramos con un lago, un estanque, repleto de cisnes cuello largo negros y blancos, ocas mansas, parrulos, palomas, urracas, gorriones, y el cercano mar nos trae también cantidad de gaviotas, lugar idóneo para disfrutar de un reposo solaz donde el tiempo pasa sin prisa.
Antes de entrar les hablaba de ciertos arcos de los soportales delante de las rejas de la entrada al parque. Allí se encuentran un pequeño grupo de indigentes. Allí duermen, allí viven, allí gozan y allí penan sus vidas maltrechas a expensas de la eventualidad, con su crisis de por vida, asumida y resignada. Los observo sigilosamente sentada en la orilla de la fuente donde me he ido a refrescar, y así como distraída les escucho. Mientras ellos discuten por un miserable desayuno que quizá no satisfaga sus necesidades, una mujer, ella flaca, de piel ajada e indiferente a la cuestión , cuelga su mirada en el vacío, con sus ojos algo claros e inmensos que llaman la atención sobre su piel morena, agitanada y curtida por las clemencias e inclemencias de los días y las noches casi al raso, pensión de puertas abiertas de lechos individuales, lo delata el montón de grandes cartones dejados a un lado esperando una siguiente noche. Uno de los hombres que discutía, o mejor dicho, vociferaba decía: “¡que nadie se meta con ellas que las mujeres son de mi propiedad!”, supongo que se refería a las que mendigaban por allí, ¡ hasta ahí llega la maldita miseria humana!. La mujer a la que nos referíamos antes, indiferente a lo que la rodeaba, atravesó el empedrado bello y pulido de la calle peatonal, cruzó la puerta enrejada que llevaba al parque y al pié de un gran árbol donde había un carrito repleto de cosas amontonadas, posiblemente todas sus propiedades, allí se detuvo.
Me vino a la memoria una historia o un cuento, no se, alguien me contó una vez sobre una niña, feliz, que corría como un pajarillo azul, dando vueltas como una bailarina con su vestido de gasa recién estrenado y sus zapatos blancos dispuesta a desgastarlos en un solo día, una niña linda de pelo lacio, recogido con un ancho lazo también azul. Sus ojos levemente verdes con reflejos de sol emanaban felicidad.
Aquel día su padre la cogió de la mano y los dos juntos fueron a cumplir una tarea. La niña llevaba en su mano una ínfima semilla. En la orilla de un estanque cercano cavaron un hoyo donde depositaron más que una semilla, la esperanza y también la fe, seguros de que germinaría y crecería a la par que lo hiciera también su suerte.
El padre abrazó a su hijita mientras le decía con voz temblorosa: “Antes de que esta semilla de un árbol crezca un metro, volveremos a estar otra vez juntos y será para siempre”. Una piedra blanca clavada en el suelo marcaba el lugar de este pacto de amor. Ella se quedaría con los abuelos envejecidos mientras que sus padres y hermano mayor cruzarían el Atlántico buscando el oro, o la plata, quería conseguir riquezas, lo que hoy se llama calidad de vida y con ella la felicidad.
Entre lágrimas y amargura ocurrió la despedida mientras que el barco desaparecía entre la bruma y el horizonte.
El árbol brotó y ella, la niña, lo visitaba a menudo cuidándolo, midiendo su crecimiento. Nunca nadie le dijo que el barco se perdió en el mar. Parecía que el horizonte se había tragado la esperanza. Los ojos de los abuelos se fueron cerrando poco a poco entre el llanto y la vejez.
Un titiritero circense, un joven viajero fugaz, la alejó de su aldea, de su hogar ya vacío, jurándole un amor eterno que apenas duró una primavera, tan pasajero como una estrella fugaz, y sus ojos de niña navegaron por la negrura del desamparo y del olvido, un mar sin orilla en el que naufragó y donde solo le quedaba una tabla de salvación, un árbol que antaño plantara y ya era tan alto como un ciprés…
Volví a mirar aquellos ojos tremendamente grandes y verdes como el mar, anclados en aquel cuerpo moreno y huesudo, recostado en la firme madera arraigada en la tierra. Aquel gran árbol con sus ramas vestidas de hojas parecía abrazarla con un firme y tierno abrazo paternal, mientras el sol caía vencido y la luna iluminaba el rostro triste de un ser sin raíces, sin mañana, y el siguiente amanecer quizás sería un principio sin fin, o un fin sin principio; un ser sin existencia, o existir sin ser; realmente nada.
En el corazón de la noche, la luna brilla, clara y bella, irisando nubes que navegan como velas en el viento. En los primeros claros del alba un barco aparece entre la bruma, lento y directo a puerto, un mercante cansado de navegar.
Aún están encendidas las luces del puerto y sentada en la espera, una mujer bajo la luz de la farola. El corazón le late con fuerza cuando ve descender del barco a un hombre, alto y fornido, de mediana edad, un naufrago de la vida que cuando cruzó la mirada con aquella joven y maltrecha mujer encontró en sus tristes y grandes ojos de mar a la niña que un día, con su pequeña y blanca mano, le dijo adiós. Se abrazaron en silencio y de nuevo, cogidos de la mano, marcharon juntos hacia la casa vacía de ayer.
Lucía Vilches