jueves, 4 de agosto de 2016

LA TIERRA QUE HABITAMOS

LA TIERRA QUE HABITAMOS
NOS DECLARA LA PAZ

 La noche juega al escondite con las luciérnagas celestiales mientras descifra el lenguaje de las estrellas en el cielo. La luna  navega en el éter plateado de sus  blancos aretes.
Las auroras aparecen  desde el pórtico del amanecer. Espléndidos colores llameantes serpenteando en el cielo, mientras el rocío humedece  las flores que  coquetean abriendo todos sus pétalos en una sinfonía de color y dulce aroma. El azahar del limonero y el naranjo exhalando su esencia, mientras en el horizonte amanece una explosión de luz. Aquella primera luz, porque todos los días es el primer día.
Florece la vida en medio del agua. Agua de la fuente, del torrente estrellándose sobre las rocas. Millares de riachuelos murmulladores llenos de alegría, y el mar… Inmenso y soberbio  que todo lo cubre y todo inunda, y mece la vida de aquí para allá, ondulando los horizontes y pintando de azules todos los espacios que se proyectan en todas las direcciones. ¡Ese mar! Un gran espejo donde se mira admirado el universo inconmensurable y misterioso que ignora su grandeza.
¿Para quién brillan las estrellas, amanece la mañana iluminando todos los paisajes? Oculto entre las brumas de las primeras horas, el verde esmeralda adormecido de brillantes gotas sobre los pétalos de las flores y las hojas de árboles y plantas, surgen como una aparición paradisíaca. Y el arroyo canta, y un sonoro silencio, un murmullo apenas perceptible en la brisa, acompasado por los trinos matutinos completa el concierto aleteando con su plumaje y salpicando todos los azules de cielo y mar y sobre  el verde de los campos. Un maravilloso lienzo magistral e impoluto.
Todo comenzó tan bello e idílico, pero…no había humanidad…
¡Al final…el hombre!.
Lucía Vilches M

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