ÚLTIMO VUELO.
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El cristal de una ventana
que de forma engañosa le prestaba profundidad al paisaje. Y una pequeña alma
cantora que aportaba sus trinos musicales a la naturaleza, sin saber que era su
fatal destino quiso inconsciente traspasar a un mundo ilusorio, un paisaje
inexistente. Golpeó el cristal y cayó rotunda poniendo así fin inesperado a su
efímera existencia. Un mirlo que seguramente se había posado innumerables veces
en este sauce que se asoma a mi balcón para cantar su gozo de vivir, hoy yacía
sobre mi mano, inerte y con sus alas plegadas para siempre. Lo acaricié con la
peregrina idea de darle de nuevo vida, pero expiró en su vuelo para no volver,
y pensé.
“Dios mío, cuanto
abrazamos y que poquito tenemos”. Recordé
las palabras del Evangelio dichas por Jesús. “Se venden cinco gorriones
por dos monedas, pero ni uno solo de ellos está olvidado delante de Dios”.
Se que soy una
sentimental, y confieso que, he llorado por ese
mirlo y por su último vuelo, mientras escucho afuera un trino solitario…
Lucía Vilches Moya