domingo, 29 de septiembre de 2024
EL LATIR DEL TIEMPO
Lucía Vilches Moya
·
Compartido con: Público
LATIR DEL TIEMPO
Bulle la vida que se pausa en el latido
Del iris observando el firmamento
No hay sonido ni luz ni melodía
Que se compare a los átomos del tiempo.
En esta inmensidad de lo oceánico
Inconmensurable de idas sin regresos
Estrellas blancas, bandadas de palomas
Palpitando cuchichean en el cielo.
Fugaces mariposas dibujadas
ninfas de luz nadando en el etereo
En azabache negro e impoluto
Donde cada una tiene su propio templo.
Esos astros peregrinos que remarcan
En el espacio su camino siempre cierto
Flechas veloces entre sombras y claros
Dibujando su trayecto en fijo movimiento.
Se agrupan con hilos invisibles
Miles millones miríadas de elementos
Ejércitos danzantes bellos y absolutos
Indivisibles en su peregrinaje eterno-.
Astros de luz en la noche del tiempo
Acompañados de planetas con sus lunas
Inmensas nubes de minúsculas estrellas
Mundos gigantes, desafiantes monumentos.
Innumerables galaxias soles y planetas
Que componen el magnífico universo.
Bajo ellos, nuestro caos estridente
Y por encimas, mundos de paz y de silencios-
La vida es todo lo que miran nuestros ojos
Hay que poner cerrojos al momento.
Intentar vivir intensamente
Aun no podemos vivir eternamente
Pero la mente sigue inmersa en el latir del tiempo.
L.Vilches M
sábado, 21 de septiembre de 2024
EL ALZHEIMER (Poema)
EL ALZHEIMER ¿DONDE VIVEN LOS RECUERDOS? (Una historia más)
Euquel da Luce.
En una de esas noches gélidas que sufrimos ese invierno, el Sr. Euquel convoca a la familia, esposa e hijos, son alrededor de las tres de la mañana y sus palabras no son halagüeñas pero si esperadas: “La mamá, la yaya, ya no está”, toda la familia como una sola persona se pusieron a llorar, casi en silencio, y allí estaba el cuerpo de una anciana de casi noventa años, aún con su rostro amable, como quien duerme y sus manos que habían abrazado y acariciado llenas de amor, permanecían cálidas y suaves como esperando las últimas caricias de los que la amaron y tanto amó. ¿Quién era esta anciana, o mejor dicho quien había sido?
Pues según cuenta su propio hijo, sus nietos y los que la conocieron, era una gran persona, una buena madre y una abuela como todavía quedan algunas. Como madre y esposa, sin tacha, trabajó toda su vida fuera de casa porque el hombre con quien se casó tenía a su cargo a sus padres envejecidos, sin pensión (que en aquel tiempo era cosa rara quien la tenía) y un jovencito, cuñado, en edad escolar. Nunca se quejó, fue una mujer feliz sirviendo a los demás. Por tener que cuidar a un hijo enfermo aprendió a poner inyecciones y a partir de ahí todo el barrio la requirió como practicante gratuita a cualquier hora de día o de noche, nunca dijo que no, y eran, tanto ella como su marido, generosos y espléndidos en lo que estaba a su alcance. Sus nietos dicen de ellos “No nos preocupaba para nada no tener juguetes por Reyes, los abuelos venían tres veces por año cargados como camellos con todo lo imaginable en juguetes, cuentos y juegos, eran increíbles”.
Pero ¿Qué pasó? Pasó que a partir del fallecimiento de su marido un enemigo que no había sido invitado en el grupo de la familia entró sin llamar, una malévola sombra aún desconocida, de la que solo se saben sus efectos, comenzó a devorarle los pensamientos, a repetir y olvidar, repetir y olvidar, ella, que le encantaba pasear, se perdía por los caminos, siempre con la obsesión de volver a su casa, la casa de su juventud , donde en la confusión de su mente desarropada de pensamientos lógicos, pretendía encontrarse con su pasado, su marido su hijo joven y aquel entorno amado del paraíso perdido de sus pensamientos . Su mundo se truncaba cuando al buscarla la encontraban desorientada y perdida señalando a una arboleda donde ella decía que era el camino a su casa.
Sus libros favoritos, La Biblia y “La arboleda perdida”, de Rafael Alberti, que le regaló su marido una tarde paseando por Las Ramblas de Barcelona, como dos enamorados que siempre fueron. En la primera página del libro, ella que siempre tuvo alma de poeta escribió: “De paseo por Las Ramblas, como novios, cogidos de la mano, me regalaste La Arboleda perdida que hoy no es la mía. Porque estás tú a mi lado. A mi Don Juan” (que así se llamaba su marido). Muy pocos años después, en la última página de ese mismo libro escribió lo siguiente: “Una triste tarde de Septiembre se marchó muy lejos mi Don Juan, y se quedó en tinieblas mi arboleda. Me siento perdida sin tu cálida mano para andar por ella. Llévame contigo porque sin ti…también mi arboleda se ha perdido”. Poco a poco se fue desorientando cada vez más hasta tener terror a salir a la calle por olvidarse hasta de su propia identidad y nombre.
El Sr. Euquel dice que aunque hace poco que la enterró, no sabe en realidad en qué momento murió su madre, porque llegó a hacer cosas inconcebibles en ella, el cuerpo y la mente van por libre, el instinto prima mientras la mente recorre campos desconocidos para los que les rodean, de eso no tienen conciencia. Dejó de reconocer a los suyos aunque algunas veces surgía algo de lucidez.
Nunca dejó de ser amable y bondadosa, ya en su demencia más profunda, como era pájaro mañanero se asomaba a la ventana de su habitación que daba a la calle y les mandaba un beso por el aire a las vecinas que esperaban el autobús para ir a trabajar y en sus últimos días de agonía que apenas podía respirar, si le acercaban la cara ponía un beso en la mejilla. Cuantos hemos compartido parte de nuestra vida con personas de esta calidad humana, hasta llegamos a pensar que es bueno ser un poco dementes. Su hijo cumplió el deseo de ella de ser enterrada junto a su marido, viajó hasta el otro lado de España, justamente la otra orilla, del Atlántico al Mediterráneo. Adiós Conchita. Por fin has encontrado el camino a casa.
Lucía Vilches www//dosrosasblancas. com/Fotos
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Lucía Vilches Moya
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·
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EL ALZHEIMER ¿DONDE VIVEN LOS RECUERDOS? (Una historia más)
Euquel da Luce.
En una de esas noches gélidas que sufrimos ese invierno, el Sr. Euquel convoca a la familia, esposa e hijos, son alrededor de las tres de la mañana y sus palabras no son halagüeñas pero si esperadas: “La mamá, la yaya, ya no está”, toda la familia como una sola persona se pusieron a llorar, casi en silencio, y allí estaba el cuerpo de una anciana de casi noventa años, aún con su rostro amable, como … Ver más
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ucía Vilches Moya
·
Compartido con: Público
DEDICADO AL DIA MUNDIAL ALZHEIMER.
Dormida bajo el sol de la mañana,
soñando paraisos olvidados,
sujetando la niñez almibarada,
arrugas en la piel, sin renunciar a nada.
Y se fué sin morir, sin pronunciar palabra,
se marchó por los campos del olvido,
cuerpo presente viviendo en un pasado,
caminando por el mundo de los vivos.
Ojos que miran el crepúsculo dorado,
como una niña huérfana de guerra,
cultivando su amor en su libro deshojado,
y clavando sus raices en la tierra.
Y me pregunto si acaso no se encierra,
en esa mirada revertida,
que es eslabón entre el presente y el pasado
El amor leal, sin límite,que es llama de la vida
Es por las sendas de las oraciones,
esos caminos que llegan a los cielos,
que hay un andar continuo de canciones,
de poemas de esperanzas y de anhelos.
Esa anciana niña que yaciendo,
en el almibar de la niñez perdída,
dormitando bajo el sol de la mañana,
sigue soñando paraisos
sin odios, sin renuncias sin heridas.
Ojos que miran el crepúsculo dorado,
como una niña huérfana de guerra
cultivando su amor en su libro deshojado,
y dejando sus raice
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