viernes, 25 de noviembre de 2011

(POEMA) EL TEMPLO DE LA PALABRA

Cuando silencio mi voz comprometida,
y al sonido le niego lo que siento,
toma vuelo veloz y atropellado,
las alas del insumiso pensamiento.

Buscando la plenitud de las palabras,
hermanando cóncavo y convexo,
latiendo el corazón sílaba a sílaba,
dando paisaje y luz hasta a los ciegos.

No se si en el error o en el acierto,
pero me puede esta diestra voladora,
al traducir en letras sentimientos,
que la página en blanco siempre añora.

Un templo de papel para el poeta,
un ejército de letras saltarinas,
el saber, siempre madura la escritura
y le da fruto poderoso al pensamiento.

Cómplice es un corazón en armonia,
heraldo trovador que cada día,
colecciona en su desván todos mis versos.

Diccionario de amor burbujeante,
que mas alla de la razón alcanza,
huyendo del lenguaje almidonado,
buscando siempre voces de esperanza.

Quieto y callado en la palabra escrita,
a quien no sabe leer........ni sorprende ni espanta.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

EL TEATRO DE LA VIDA (POEMA)

EL TEATRO DE LA VIDA

He tenido que unir tantas costuras
Para poder vivir reconciliada,
Con la vida, con la muerte, con la duda.
No tengo la certeza de que existo,
O soy tan solo un eco, casi nada.

Quise alejarme de la muerte, siempre prematura
Para poder seguir amando confiada,
La paz, la convivencia y la cordura.

Oculto en los colores del paisaje,
Se ciernen las tenebrosas sombras
Sibilinas sin matices, siempre oscuras
Tormentas de nubes enraizadas
Tejidos sin urdimbre, sin textura,
Todo está sutilmente maquillado
Y un argumento inútil, bien filosofado
Te inclina a la demencia, a la locura.

El teatro del mundo, con su farsa,
Un espectáculo por siglos en cartel,
Alegría, humor, drama, tragedia,
Ayer sol, hoy lluvia, mañana niebla.
Hoy rio, mañana lloro, un lamento sonoro.
Una sonrisa corta, leve, concisa.
Un minuto de algarabía,
Para caer luego en picado, desconsolado,
Sin un amigo con quien compartir
Tus fracasados sueños anhelados,
Solo, sin compañía.

Y se van consumiendo día a día,
Sin piedad nuestras horas,
Nunca baja el telón,
La misma trama, el mismo guión,
¡Cambio de autores y que siga la función!
Y yo voy recogiendo trozo a trozo,
Este mi corazón
Pobre y audaz, teñido de esperanza,
Sobreviviente de las cenizas,
De la metamorfosis del amor.

He tenido que unir tantas costuras
Que ya no se si soy, o no soy yo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

RECITAL POETICO,UNION DE POETAS ARTEIXO Y GRUPO DE TEATRO, CORUÑA

Con motivo de la presentación del libro "LA MAR DE POEMAS DE AMOR Y MAR". De la autora Lucía Vilches Moya. Editado por "PALIBRIO".
El próximo día 7 de Diciembre a las 8 de la noche, se celebrará un festival poético musicado, compuesto por un nutrido número de poetas e intérpretes de la palabra (amigos del grupo de teatro de La Coruña) En El "SPORTING CLUB CASINO DE LA CORUÑA).
"Palabras para el corazón" La entrada es gratis y las plazas limitadas.

Llamar al teléfono 652 92 05 03 "recital"

jueves, 27 de octubre de 2011

NO TE RESPONDO Y TE ESCRIBO

NO TE RESPONDO Y TE ESCRIBO

Tú me preguntas y yo no te respondo.
Pues del amor aun todo no se ha escrito
Siendo como es, en cada cual un grito
Una llama, una pavesa, o un rescoldo.

Yo no muero de amor, que por él vivo
Pues de tantas maneras se ha descrito
Que supera y rebasa la envoltura
De la pobre materia en la que habito.

Y si vivo de amor ¡qué gallardía!
Presumo de vivir enamorada,
De la luz que me envuelve cada día
De tus manos de seda y tu mirada.

Si hay el color, es porque en ti yo vivo,
Si hay rosas blancas en medio de la noche.
Si a la vida no le hago ni un reproche,
Es que por ti, mi paz ha renacido

Mis ajuares de encajes, blancas nubes
Velas airosas son gravitando en el cielo
La noche es un altar en la penumbra
Tu corazón, el hogar de mis desvelos.


¿No canta un pajarillo en tu ventana?
¿No escuchas del amor la melodía?
Eres miel del jardín de las delicias.
El que endulza mi pan de cada día.

¿Cómo decirte amor cuanto te quiero?
Si tú eres la voz de la alegría,
O la alondra que canta con el alba
Anunciando el calor del nuevo día.

Si me preguntas y yo no te lo digo
Cuantas veces me lo pidas, te lo escribo.

UN DIOS DE CARNE Y HUESO

UN DIOS DE CARNE Y HUESO.
Fenece la vida cuando el amor sublime
Exprime su esencia en una rosa
Y el alma entera callada se redime
Aferrándose a sus marchitas hojas.

En el olvido quedaron las ausencias
Como dormidas en un búcaro herido
Mientras se inclina la flor que tanto amo
y el fulgor sutil de lo perdido.

Surgen en su lugar flores de nieve.
Fulgen con nueva luz ansia y bravura
Y aunque la juventud se desvanezca
La ilusión de la violeta en mí perdura.

Solo soy una flor de primavera
La locura de amor de un solo día
Que deposita de semilla una quimera
Augurando en el mañana un nuevo día.

Levanto la mirada a los azules
Buscando ansiosa las rosas del regreso
Pereciendo en aras de la vida.
Pues solo soy un dios de carne y hueso.

LUCIA VILCHES

lunes, 10 de octubre de 2011

MUSICA (DEDICADO AL COMPOSITOR RUBEN SOMESO )

M U S I C A
Pinceladas que llenan de acordes los paisajes inusitados del corazón que los recorre.
Sentimientos que rebosan como fuentes de agua clara. No requiere de diccionarios, es el lenguaje de paz de los pueblos. Notas saltarinas que bailan alrededor nuestro y hacen de lo intangible un arcoíris armonioso de tonalidades sin límite.
¿Cómo describir la risa bulliciosa de un niñito? y ¿Qué mejor que la música puede recrear los recuerdos nostálgicos de nuestras leves y atropelladas vidas?
Solo la música puede pincelar las imágenes de los recuerdos añorados de nuestra niñez amada y perdida, o de nuestra adolescencia desbordada por ese amor que no reconoce razones, como un corcel sin riendas, que no requiere de aprobaciones externas porque es soberano.
La música, como aquella caravana de titiriteros, circenses que ofrecían su espectáculo, siempre uno con el que emocionar a los más pequeños. O aquella canción, comedia triste que hacía saltar las lágrimas de jóvenes y mayores, así nos hace volar en la libertad de nuestros sueños, corazones vagabundos.
Igual que aquellos seres sin patria que clamaban sus tristezas y alegrías acompasados por el pulsar de las notas de un violín firmemente acariciado por las manos del trovador, el payaso triste que por haber perdido el amor de su vida y con una sonrisa pintada en el rostro, cantaba por no llorar. Así la música relata historias y nos introduce en un mundo tan fantástico y sobrecogedor como la vida misma.

El águila vuela mansa y sus alas extendidas chasquean combatiendo contra el viento. Es música.
El bosque cruje bajo el fuego devorador. Es música.
El vaivén de las olas bajo el influjo de la luna. Es música.
El sol destella sobre las perlas de rocío y la lluvia tintinea sobre las hojas de los árboles. Es música.
Entre nota y nota, hasta el silencio tiene su música en el alma del beso.
El maestro ha captado el sentir de todos los sonidos de sus paisajes, de todas las formas animadas e inertes, del color, de la luz, de las voces del universo, de cada crujir, de cada susurro, hasta del pulsar de la sangre por las venas en el silencio de la noche, entonces, ya no es el músico el que compone, es la música la que se apodera del compositor y le hace andar por las sendas mágicas de la fantasía. Interpreta todos los paisajes, todas las vivencias y todas las formas. La arcilla del hombre se hace ángel y suenan las trompetas del amanecer de un día glorioso. Cuando esa Musa llega, el hombre ya no es dueño de sí mismo porque todo en él se hace música.
Un pacto de amor le hace estar muy cerca del corazón de la tierra y su pálpito es melodía interpretada por los instrumentos, que bajo su mano, traducen en música la vida.

A mi amigo, el compositor Rubén L. Someso, por su bella obra en C.D.)
L. Vilches Moya(escritora y poeta)

jueves, 15 de septiembre de 2011

ENTRE CANTARES SIDRA Y VIOLIN, COMO UN PÁJARO AZUL (CUENTO)

Como un pájaro azul
Vamos por la calle empedrada, una calle peatonal de una bella ciudad de Asturias, donde se hermanan con indiferencia la elegancia de la clase media alta del corazón de la ciudad con el turismo sofisticado. El otro, el de autocar de pequeños rebaños de gente agrupados delante de las casas blasonadas, iglesias, museos o cualquier construcción con historia o digna de mención, dotados de guías turísticos, y también el de aquellos otros que salen de casa totalmente improvisando su siguiente parada, estos últimos, siempre jóvenes o haciendo alarde de serlo, que van con su mochila a la espalda, con un completo kit de supervivencia: un colchón de aire doblado, un pequeño saco de dormir, una mínima tienda de campaña, la documentación, buena salud, imaginación e improvisación, muy poco dinero y algunos, no pocos, en bicicleta.
Nos sentamos en una de las mesas oscuras de madera de una sidrería típica para degustar sidra fresca recién escanciada por poco dinero, mientras tanto te tomas un respiro del calor bajo la sombrilla del bar después de haber caminado todo el casco antiguo de la ciudad. Frente a nosotros, bajo los antiguos y pintorescos soportales y semi escondido por las columnas, la figura de un hombre que con sus dedos mágicos llena el aire de armonía y alegría, un violinista prodigioso, músico y bohemio, nos regala a cambio de unas monedas voluntarias su mágico repertorio, en el mejor auditorio, la calle, las notas diáfanas cadenciosas y libres recorren las calles como si tuvieran alas, como las aves que nos rodean, palomas y gaviotas completando el idílico paisaje. Inolvidable cuadro en la retina, entre el gris y rosado del empedrado mezclado con los colores chillones modernistas de algunas casas y el espléndido azul del cielo.
Nos han dicho que hay que ver unos jardines bellos no muy lejos de donde nos encontramos. Realmente es un magnífico parque, hoy patrimonio de la ciudad y no ha mucho, el paraíso cerrado, sitio de recreo de unos marqueses o duques ¡qué se yo¡ Vamos sin guía e interpretamos entre lo que vemos, oímos e imaginamos.
En el interior del parque y guardando un agradable desorden sobre el cuidado verde, una gran cantidad de árboles inmensos y otros raros de diversas especies, centenarios, bicentenarios o mas antiguos. Los habitantes más viejos de la ciudad son ciertamente estos árboles. Poco más o menos en el centro, nos encontramos con un lago, un estanque, repleto de cisnes cuello largo negros y blancos, ocas mansas, parrulos, palomas, urracas, gorriones, y el cercano mar nos trae también cantidad de gaviotas, lugar idóneo para disfrutar de un reposo solaz donde el tiempo pasa sin prisa.
Antes de entrar les hablaba de ciertos arcos de los soportales delante de las rejas de la entrada al parque. Allí se encuentran un pequeño grupo de indigentes. Allí duermen, allí viven, allí gozan y allí penan sus vidas maltrechas a expensas de la eventualidad, con su crisis de por vida, asumida y resignada. Los observo sigilosamente sentada en la orilla de la fuente donde me he ido a refrescar, y así como distraída les escucho. Mientras ellos discuten por un miserable desayuno que quizá no satisfaga sus necesidades, una mujer, ella flaca, de piel ajada e indiferente a la cuestión , cuelga su mirada en el vacío, con sus ojos algo claros e inmensos que llaman la atención sobre su piel morena, agitanada y curtida por las clemencias e inclemencias de los días y las noches casi al raso, pensión de puertas abiertas de lechos individuales, lo delata el montón de grandes cartones dejados a un lado esperando una siguiente noche. Uno de los hombres que discutía, o mejor dicho, vociferaba decía: “¡que nadie se meta con ellas que las mujeres son de mi propiedad!”, supongo que se refería a las que mendigaban por allí, ¡ hasta ahí llega la maldita miseria humana!. La mujer a la que nos referíamos antes, indiferente a lo que la rodeaba, atravesó el empedrado bello y pulido de la calle peatonal, cruzó la puerta enrejada que llevaba al parque y al pié de un gran árbol donde había un carrito repleto de cosas amontonadas, posiblemente todas sus propiedades, allí se detuvo.
Me vino a la memoria una historia o un cuento, no se, alguien me contó una vez sobre una niña, feliz, que corría como un pajarillo azul, dando vueltas como una bailarina con su vestido de gasa recién estrenado y sus zapatos blancos dispuesta a desgastarlos en un solo día, una niña linda de pelo lacio, recogido con un ancho lazo también azul. Sus ojos levemente verdes con reflejos de sol emanaban felicidad.
Aquel día su padre la cogió de la mano y los dos juntos fueron a cumplir una tarea. La niña llevaba en su mano una ínfima semilla. En la orilla de un estanque cercano cavaron un hoyo donde depositaron más que una semilla, la esperanza y también la fe, seguros de que germinaría y crecería a la par que lo hiciera también su suerte.
El padre abrazó a su hijita mientras le decía con voz temblorosa: “Antes de que esta semilla de un árbol crezca un metro, volveremos a estar otra vez juntos y será para siempre”. Una piedra blanca clavada en el suelo marcaba el lugar de este pacto de amor. Ella se quedaría con los abuelos envejecidos mientras que sus padres y hermano mayor cruzarían el Atlántico buscando el oro, o la plata, quería conseguir riquezas, lo que hoy se llama calidad de vida y con ella la felicidad.
Entre lágrimas y amargura ocurrió la despedida mientras que el barco desaparecía entre la bruma y el horizonte.
El árbol brotó y ella, la niña, lo visitaba a menudo cuidándolo, midiendo su crecimiento. Nunca nadie le dijo que el barco se perdió en el mar. Parecía que el horizonte se había tragado la esperanza. Los ojos de los abuelos se fueron cerrando poco a poco entre el llanto y la vejez.
Un titiritero circense, un joven viajero fugaz, la alejó de su aldea, de su hogar ya vacío, jurándole un amor eterno que apenas duró una primavera, tan pasajero como una estrella fugaz, y sus ojos de niña navegaron por la negrura del desamparo y del olvido, un mar sin orilla en el que naufragó y donde solo le quedaba una tabla de salvación, un árbol que antaño plantara y ya era tan alto como un ciprés…
Volví a mirar aquellos ojos tremendamente grandes y verdes como el mar, anclados en aquel cuerpo moreno y huesudo, recostado en la firme madera arraigada en la tierra. Aquel gran árbol con sus ramas vestidas de hojas parecía abrazarla con un firme y tierno abrazo paternal, mientras el sol caía vencido y la luna iluminaba el rostro triste de un ser sin raíces, sin mañana, y el siguiente amanecer quizás sería un principio sin fin, o un fin sin principio; un ser sin existencia, o existir sin ser; realmente nada.
En el corazón de la noche, la luna brilla, clara y bella, irisando nubes que navegan como velas en el viento. En los primeros claros del alba un barco aparece entre la bruma, lento y directo a puerto, un mercante cansado de navegar.
Aún están encendidas las luces del puerto y sentada en la espera, una mujer bajo la luz de la farola. El corazón le late con fuerza cuando ve descender del barco a un hombre, alto y fornido, de mediana edad, un naufrago de la vida que cuando cruzó la mirada con aquella joven y maltrecha mujer encontró en sus tristes y grandes ojos de mar a la niña que un día, con su pequeña y blanca mano, le dijo adiós. Se abrazaron en silencio y de nuevo, cogidos de la mano, marcharon juntos hacia la casa vacía de ayer.
Lucía Vilches