MAR…
El mar
traía olas espaciadas en su lentitud que
chasqueaban en la orilla una tras otra. Su rumor era suave, lánguido,
repetitivo. Llegaban y se marchaban de nuevo al ancho mar haciendo pequeños
remolinos, batiendo espumas, buscando barcas con las que jugar y empujar sobre
sus ondas, mientras la brisa marina, húmeda y salada se deslizaba sobre la superficie
en su suave caricia, entre tanto que el sol salpicaba con chispas de luz cada
partícula de agua ondulante creando pequeños arco iris. La tierra se asomaba
lentamente al universo donde se elevaba el gran astro por el naciente. Imponente
el sol reinando en el intenso azul del cielo.
En la
arena de la playa, huellas de gaviotas tempraneras que emprenden el vuelo y
dibujan el cielo majestuosamente con su volar de blanco impoluto y gris
aperlado, y su coro de graznidos inconfundibles, oteando desde su ingrávido
espacio
¡Oh el
mar! Bello amanecer cristalino lleno de luz y color en movimiento donde volar
fuera de este cuerpo anclado repleto de lastres y ausencias. Mar. Tu que
regalas cada día tu esplendor. Cuna de vida, esmeralda líquida, poema sonoro
donde viajar en mi barquita de papel repleta de, versos, letras maravillosas dedicadas a ti. Te
surco con la mirada abriendo caminos en tus prodigiosas aguas donde guardas tesoros,
pero también tragedias y dolor. Eres como una madre, y me cantas una nana
arrulladora, y me acurruco en ti.
En
sueños navego sobre tus ondas como un huérfano buscando amor, y levanto las palmas
de mis manos como alas al viento en este viaje atemporal buscando la eternidad .
Esta alma no descansará hasta que le lleves a las fuentes engendradoras de
vida.
Lucía
Vilches Moya /2016